No ver para vivir

Alma máter de Expoacción, tuvo que quedarse casi ciego para convertir su rabia en solidaridad

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Una, dos, tres veces. Aquella temporada fue hasta tres veces al concesionario de la Ford en Gijón. Empeñado en que no veía al volante por las noches porque los faros de su coche fallaban. Él: «Tenéis que poneme unos nuevos, porque yo no veo, chico». Y así hasta que, al tercer cambio de luces, el jefe de recambios le espetó: «Jesús, mira a ver si vas al oculista, porque esto no van a ser los focos». Y en aquel concesionario de la Ford empezó a indignarse con el mundo, muchísimo antes de que la indignación se pusiera de moda, Jesús Santos Villagrá. A preguntarse con la rabia de los treinta años: «¿Por qué a mí?».
Lo que tenía era una degeneración macular de muy difícil diagnóstico que a aquel chaval con la mili hecha y un trabajo estable en el Banco Herrero, locutor de radio, productor especializado en sacarles los cuartos a las empresas en concepto de marketing, promotor de los conciertos de cantantes míticos allá por los setenta, jefe de publicidad del Sporting, corresponsal de Don Balón, matrimonio no menos estable y una hija, le hundió en «una depresión de caballo». Lo fundió a negro. Se quedó solo.
Primero comenzó a apagársele el ojo izquierdo. Luego, el derecho. Y empezaron las vueltas de un especialista a otro. Un rosario de pruebas y centros oftalmológicos en el que llegaron a extirparle las amígdalas y las muelas del juicio los mejores facultativos del país en lo suyo. Tres o cuatro años en el que estaba tan medicado que «iba como un zombie».
Y así fue como llegó a Rusia para encontrar a alguien. Un doctor que, por fin, le habló con claridad para cambiarle el rumbo. Adiós a los picores, alivio a los dolores. Para encontrar personas que le empujarían a la superficie desde aquel fondo tan hondo. «Dejé de rebelarme al ver a otros que estaban muchísimo peor que yo. Gente que se quería suicidar». La indignación dio paso a un: «¿Pero de qué me quejo yo?».
Lo que vino después fue lo que antes no veía. Ordenar prioridades. Otra vez la ilusión. «El ser y no el tener». Las decenas de amigos que, «antes del problema, se contaban con los dedos de una mano y sobraban». La idea de una red en la que jóvenes y mayores compartiesen el ímpetu de unos y la experiencia de otros. Y lo llamó Expoacción. Y nada le fue ajeno a esa organización solidaria.

«El incansable Jesús»

Empezaron a llamarle «el incansable Jesús» porque conseguía aunar esfuerzos de treinta voluntarios y conectar a «los angelinos» de la Asociación de Familias de Niños con Cáncer con EL COMERCIO, a los Humanitarios con la infancia de Pola de Lena con Adevida, Acen, la Fundación Siloé, la Cocina Económica, Cruz Roja, el Sanatorio Marítimo y la Asociación El Llar de Ujo, a los pequeños saharauis o con problemas neuromusculares con el Circo del Sol. Buscar financiación, inventar festivales de coros infantiles, discos, tributos, intercambios de ropa, repartos de juguetes, geriátricos, multinacionales. Suma y sigue. «Sumar, unir, ser puente. Decir que siempre escampa. Todo es posible y esto crece que asusta. Asturias es muy grande».
Hace unos pocos meses, empezó a perder el resto visual que le asistía. Y a resistirse a un bastón que veía «muy lejos», coqueto como es. Y volvió a sufrir. Mucho. «A la inseguridad total». Y volvió a levantarse, pero no se le olvida que «tenemos mucho». Y que nadie, ni él mismo, «sabe bien lo que tien hasta que no lo tien».

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